La Real Academia de la lengua Española define la palabra calor como una sensación que se experimenta ante una elevación de temperatura. Ardimiento,buena acogida. Entusiasmo, fervor. Lo más fuerte y vivo de una acción. Energía que pasa de un cuerpo a otro y es causa de que se equilibren sus temperaturas.
Es como poco, extraño. Es extraño que cuando percibamos calor lleguemos a sentir, a vivir cada una de esas definiciones. ¿Realmente nos revive? A veces, basta con unas simples palabras para reconfortarnos, para aliviar nuestros temores o aquello que nos inquieta. Es fácil. Pero... ¿Y cuándo las palabras no son suficientes? ¿Y cuándo nada es suficiente para poder salvarte, para poder impedir que caigas? Solemos mentirnos a menudo. Solemos engañar a nuestro cuerpo inculcándole que simplemente necesita libertad. Esa sensación de caer al vacío. Cuando sientes que nada es suficiente. Te pierdes aún más entre la inmensa marea y nada de lo que reconocías hasta ahora, de lo que te había servido, puede ayudarte. Todos pensamos que somos fuertes. Nadie se para a pensar que necesitamos de nosotros mismos y que no necesitamos. Seguimos caminando sin detenernos ni un efímero instante. Y cuando queremos hacerlo, nos equivocamos o llegamos tarde. La realidad es que todos somos frágiles. Todo ser humano necesita sentir calor, necesita sentirse querido. Y cuando no es así. Cuando no recibimos calor, llegamos a enfermar convirtiéndonos hasta en personas que no pueden mantener felicidad cerca de ellos, simplemente porque ya era demasiado tarde para tener otro punto de vista, para sentirse queridos. Cuando recibimos un simple beso, un abrazo, una caricia, algo se activa en nosotros. Dar y recibir calor. Ese sería el ciclo perfecto. Pero no siempre se llega a tiempo para ello, incluso a veces, ni se llega. Es importante. Nos da fuerzas. El contacto con otros seres humanos puede hacer de nosotros personas nuevas.

No hay comentarios:
Publicar un comentario